martes, 9 de octubre de 2012

Leer la mente

“Leer la mente” es algo que todos quisiéramos poder hacer y algunos dicen que pueden en efecto hacerlo. En ocasiones creemos saber lo que el otro piensa, cómo va a reaccionar, qué va a decidir, qué le gusta o no le gusta, pero la mayor parte del tiempo fallamos rotundamente.

Sí podemos “leer la mente” en el sentido de que en base a la observación del lenguaje corporal podemos inferir algunas cosas, también por medio de las claves oculares  darnos cuenta si la persona está visualizando, escuchando o sintiendo lo que decimos o lo que ella misma dice. Podemos definir si la persona es principalmente visual, auditiva o kinestésica si realmente hemos aprendido a agudizar nuestra capacidad de observación. En cualquiera de estos casos tenemos algo de evidencia para llegar a una idea parcial sobre una persona específica; tenemos los movimientos oculares que nos dan algunas pistas y una proyección verbal y no verbal que nos proporciona algunos indicadores sobre la persona.

Sin embargo, de ninguna manera tenemos toda la información sobre lo que sucede específicamente en la mente del otro. No es posible “leer la mente” con exactitud porque somos personas individuales e impredecibles con experiencias diferentes. Pero la Programación Neurolingüística permite acercarnos a la mente del otro y mejorar la comunicación.

Programación Neurolingüística (PNL) hace mucho énfasis en cómo funciona el lenguaje en nuestra comunicación. Emplear las palabras precisas para transmitir cualquier mensaje es lo que hace a un buen comunicador.

PNL promueve el uso específico del lenguaje para evitar malos entendidos. Es necesario clarificar la información que desconozco, comprender el significado de las palabras del otro y conectar el lenguaje con la experiencia.

“Leer la mente” es algo que solemos hacer con mucha frecuencia y en muchas ocasiones (yo diría, casi en todas) nos lleva a errores enormes. Presumimos saber lo que el otro piensa sin evidencia de ningún tipo, ya que generalmente nos basamos en nuestra experiencia y visión del mundo, y no en la del otro. Creemos que sabemos, creemos que tenemos la verdad, porque operamos con nuestros conocimientos dudas, temores, sentimientos, creencias que son individuales y rara vez damos en el clavo. Cuando creemos que leemos la mente estamos adivinando. La PNL propone en vez de adivinar, por qué no preguntar y averiguar para así llegar a la verdad.

Algunos ejemplos de lectura mental como: “Sabía que estaba disgustado conmigo, no me saludó en el super.” (Su amigo es miope y no lo vió.) Pasamos juicio y además leímos la mente cuando podemos cuestionar con “¿cómo puedes estar seguro? Tú tampoco lo saludaste, entonces ¿quiere decir lo mismo? ¿Tú estás enojado con él?

“María bosteza en la reunión, ha de estar aburrida.” (Maria tuvo que cuidar a su abuelita que está enferma y pasó la noche en vela.) Mejor cuestionar qué le pasa y así aclarar los bostezos.

“No invites a Jorge a la fiesta, va a decir que no”. ¿Cómo sabes que va a decir que no? ¿De donde sale tanta seguridad sobre la decisión de otra persona? ¿En qué te basas para decir que va a decir que no?

El problema más grande de leer la mente, es que creemos que es real. Culpamos al que no nos saludó y decimos que María es una floja que siempre tiene sueño y que Jorge es un aguafiestas. Construimos historias falsas en nuestra mente y algunas pueden llegar a ser dramáticas y, además, después las esparcimos a nuestro alrededor.

Cuando leemos la mente, casi siempre se trata de algo negativo. Rara vez leemos la mente en positivo, piénsalo por un momento. Esto también es un peligro para nuestra propia salud mental ya que nos envenenamos con ideas falsas que convertimos en verdaderas.

Otro problema con “leer la mente” es que interpretamos el mundo exterior con nuestro “mapa” (ver artículo: El Mapa Mental y la Realidad) desde nuestro punto de vista, desde nuestras experiencias y limitaciones y no tomamos en cuenta la realidad ni las miles de opciones posibles. María puede bostezar por mil razones que no voy a enumerar, pero da la casualidad que yo sí sé la razón, aunque apenas conozca a María. Como yo bostezo cuando estoy aburrido, pues lo mismo sucede con el prójimo. Y este criterio no tiene validez.

La segunda parte sobre “leer la mente” es que como yo puedo leer la mente, espero que los demás también lean mi mente; es decir, espero que sepan lo que deseo, qué me pasa, lo que pienso sin necesidad de hablar. Nuestra falta de una comunicación precisa, fuerza al otro a adivinar o a no darse cuenta de lo que le pasa a uno. Reacciones como: ¿no te das cuenta cómo estoy? ¡Estoy desesperada y tú no te das cuenta! Es casi argumentar que no lee alguien la propia mente. Existen personas menos perceptivas y no por eso están mal, hay que comunicar lo que nos afecta y nos molesta para poder recibir una respuesta adecuada.

Otro ejemplo más sencillo puede ser: ¿Qué quieres para tu cumpleaños? Y el otro en vez de contestar amablemente e informar lo que quiere, le responde: “Ya deberías saber lo que me gusta.” Las personas que usan estos modelos obligan a los otros a adivinar, a “leer la mente” y a ver si le atinan. Si no acierta entonces se aprovecha el error para culparlo por tener poco conocimiento del otro, por no darse cuenta, por no entender, por no interesarse en lo que al otro le gusta, etc. Y esto puede llevar a disputas muy serias. Para no caer en este juego, lo más aconsejable desde el punto de vista de PNL es preguntar por segunda vez y si es necesario una tercera vez para tener una idea clara y veraz de lo que quiere el otro.

El ser humano es extremadamente complejo y aunque todos tenemos programas rutinarios instalados, no somos autómatas que siempre funcionamos de la misma manera y tampoco reaccionamos de la misma manera ante un mismo estímulo. Somos seres cambiantes y por eso es tan difícil “leer la mente” del otro y que nos lean la nuestra. Estamos en conflicto si el otro no es capaz de leer la mente, cuando sería tan fácil comunicar lo que nos pasa. Es más fácil decir lo que uno desea y de esa manera generar dos opciones, lo obtengo o no lo obtengo, pero no estoy en el juego de la adivinanza poniendo en juego mi reacción emocional sobre algo que el otro ni se ha enterado. Por ejemplo: “Me deprimo porque no me trajo flores, y yo quería flores....” (no fue capaz de leer la mente) y por lo tanto me enojo, lloro, le reclamo, o me quedo callada y empiezo a acumular rencores de los cuales el otro ni enterado está. Cuando hubiera sido mucho más fácil pedirlas y seguramente obtenerlas.

En este mundo donde todo va tan rápido ya no tenemos tiempo de expresarnos con claridad y con la extensión necesaria. Abreviamos la información y caemos en la trampa de “imagina lo que falta del mensaje”, lo que no dije. Decimos las cosas a medias, y nos las dicen a medias. Adivinamos el resto. Aunque desarrollemos una gran capacidad de observación y percepción, será imposible meterse en la mente del otro. Suponer que sabemos lo que el otro piensa, o lo que le pasa, es el error máximo que podemos cometer. Se ha llegado a una flojera mental y verbal donde ya no preguntamos, quizá por miedo también.

Algunas de las preguntas o impugnaciones que PNL recomienda que hagas y, así evites leer la mente cuando no tienes toda la información, son:

¿Cómo sabes? (X está enojado, quizá tiene migraña)
¿En qué te basas para decir eso? (Jorge dirá que no)
¿Cómo sabes que sé? (tú sabes lo que quiero)
¿Exactamente qué te pasa? (estoy desesperada)
¿Cómo sabes que una cosa significa otra? (el bostezo = el aburrimiento)
¿Ya le preguntaste? (a Jorge sobre la fiesta)

La PNL propone que aprendamos a aprender y que desaprendamos lo que no nos ha funcionado en nuestras vidas. Aprender a preguntar es un arte que nos llevará a una tranquilidad en la comunicación. El preguntar implica un riesgo, nos pueden decir que “no”. Sin embargo de allí no trasciende a más. El suponer que sé u obligar al otro a que sepa lo que quiero es un juego mucho más riesgoso que nos puede llevar a disgustos fuertes.

Por lo tanto “leer la mente” es una actividad con la que debemos tener mucho cuidado y nos ahorraremos mucha energía si simplemente hacemos la pregunta adecuada en el momento preciso; y por otro lado si aprendemos a expresarnos con claridad incluyendo todos los detalles que hemos elaborado mentalmente.

Fuente:


Algunas reglas de urbanidad



Cada día existen aprendizajes y descubrimientos, modas y conceptos actualizados, pero sin darnos cuenta, olvidamos y desestimamos algunos de los más antiguos e importantes modales y cada vez los vamos sacando de nuestra vida. Por lo tanto, las nuevas generaciones comienzan a crecer sin ellos. Nos referimos a las Reglas  de Urbanidad.

Las Reglas de Urbanidad tuvieron su inicio cuando el hombre comenzó a mezclarse socialmente, entonces estableció formas, reglas, conceptos y modales de respeto al prójimo y de la forma más elegante y apropiada de relacionarse con las demás personas. Todas estas reglas fueron mejorando y cambiando de acuerdo a las épocas y a la evolución del hombre. Fueron adaptadas a las diferentes sociedades, climas y clases, en las diferentes escalas sociales y nacionalidades. Cada grupo étnico adoptó las más adecuadas a sus criterios, idiosincrasia, religiones y formas de pensar; pero siempre respetando las relaciones humanas. Eso es urbanidad, consiste en saber convivir en comunidad, saber comportarse de modo correcto en cualquier ocasión para agradar a quienes nos rodean. 

Para cultivar esta virtud, es imprescindible desarrollar el “tacto social”.mantener una cortesía civilizada, a la hora de relacionarse con las demás personas.

En la sociedad actual, muchas de estas reglas han sido olvidadas y ellas están totalmente relacionadas con el crecimiento personal de cada individuo y de su evolución general y en este caso, la espiritual.

Cuando se quiere crecer espiritualmente se debe tener una educación interna y externa de todas las cosas que refieren al hombre, en la existencia humana. He aquí la importancia de las Reglas de Urbanidad y su relación con el misticismo y la espiritualidad.

Principios básicos de urbanidad:

  • Respetar al otro como un otro: su carácter, su amor propio, sus opiniones, inclinaciones, caprichos, costumbres, etc., aunque las consideremos defectos. El respeto da un paso más que la tolerancia. 
  • Escuchar, más que hablar: descubrir quién es el otro, qué quiere, qué piensa. No dirigirse a él como si fuera una proyección de nosotros. Hablar sin descanso es una descortesía hacia los demás, y además revela cierto egoísmo. 
  • Comprender, antes que juzgar: no odiar al otro ni hablar mal de él ante otros por lo que creemos que son sus defectos. Siempre es mejor preguntarse: ¿qué hace que la persona que nos molesta actúe de la forma en qué lo hace? Así, será más fácil que comprendamos y más difícil que odiemos. 
  • Pensar antes de actuar o de hablar: elegir siempre la mejor oportunidad, no ser imprudente. Evitar palabras molestas, observaciones poco delicadas, descorteses o demasiado personales. 
  • Ser discreto: no hacer preguntas que nos hagan parecer excesivamente curiosos, ni divulgar los secretos que otros nos han confiado. De lo contrario, nos ganaremos que nadie confíe en nosotros. 
  • Adecuar el discurso a los conocimientos del otro: evitar hacer comentarios sobre historia, ciencia, cultura o arte cuando no se conoce el grado de conocimiento de las personas que escuchan. 
  • Adecuar el discurso a la situación del otro: percibir cuál es su estado anímico y, según eso, decir lo que sea apropiado. 
  • Tratar a los demás como nos gustaría ser tratados. 
En cuanto a nuestra educación como padres, es lógico que para que las personas cumplan con su misión por completo, deben ser educadas desde la infancia con las más elementales reglas de urbanidad. Por eso se dice que la educación nace en la cuna.

Desde que el bebé tiene primer contacto al nacer con sus padres y familiares, comienza la educación. Por eso los padres deben tomar como primeras normas de educación los siguientes puntos:

  • Hablar en voz baja, con dulzura, calidez y seguridad ante el bebe en la cuna. 
  • No discutir jamás delante del niño y mucho menos decir malas palabras. 
  • Dar el ejemplo siempre, no realizar nada obsceno, no criticar, ni hablar mal de otras personas, inclusive familiares.
  • Mantener una disciplina general en todo momento, tener orden, respeto de los horarios, cumplimiento del trabajo, buena administración del dinero y buenas relaciones humanas. 
  • Cenar todos los días en familia dándole el ejemplo con una buena mesa servida, buenos hábitos alimenticios y buenos modales. 
  • Enseñarles a cumplir con sus deberes, desde las tareas en la escuela, hasta el cumplir con promesas y ofrecimientos a otros niños o personas. Así les enseñaremos a ser hombres y mujeres de palabra. 
  • Desde bien pequeños darle el ejemplo y mostrarle que el saludo, aunque no conozcamos a la persona, es básico para dar una buena impresión siempre. 
  • Hablar correctamente el idioma que tengamos. 
  • Ser sociables, poder sostener una conversación con todo tipo de personas. Ser cortes ante todos. 
  • Vestir apropiadamente, de acuerdo a la edad y a la ocasión. 
  • Tratar de evitar discusiones en tonos alterados y bajo estados emocionales extremos. Una sonrisa junto a una disculpa, es la mejor forma de evitar altercados desagradables. 
  • Respetar la puntualidad y de no poder asistir por causas inevitables, comunicarlo con tiempo. 
Estas son algunas de las principales reglas de urbanidad que si ponemos en práctica dando nuestro ejemplo a nuestros hijos, así lograremos un futuro lleno de respeto hacia el prójimo.

Todas estas reglas, que podrían sintetizarse en: TRATAR A LOS DEMÁS COMO NOS GUSTARÍA SER TRATADOS, resultan básicas para vivir civilizadamente.

Por lo general, no están escritas, pero cuando todos las respetan nuestra vida se hace más agradable. Es importante cumplirlas, ya que cuando se hace, da un buen ejemplo. Ni hablar de la gentileza: pedir por favor, agradecer, ceder el asiento. Ser gentiles y civilizados, más allá del cumplimiento de ciertas normas básicas, implica recordarle al otro que es persona, y que la relación que podemos tener con él es una relación entre personas. En ámbitos en donde reina el buen trato, con tacto y civilidad, se vive mejor, el ambiente mejora y las relaciones humanas se enriquecen.

Si nos fijamos, está íntimamente relacionada la enseñanza de urbanidad con la educación en valores.

Fuente:
http://sinalefa2.wordpress.com